martes, 2 de agosto de 2016


En la casa de mis padres no había biblioteca. Un estante un poco más grande que una tabla de lavar sostenía unos pocos libros “para grandes”. Cuando cumplí 8 años, mi mamá, en Mar del Plata, me regaló “Mi planta de naranja lima”. Qué manera de llorar, por Dios.   A la vuelta de ese verano, me estiré en puntas de pie hasta llegar al estante donde había unos 30 libros, que eran todos los libros que había en casa. Agarré Pantaleón y las visitadoras. No entendí nada, dejé el libro en el hueco del estante y no dije ni mu.  Tardé 3 años hasta pescar “Ocre”, de Alfonsina. A los 11 años descubrí  que parte de lo que yo leía decía algo que no estaba escrito. Yo podía reconstruir algo que no estaba en las letras. El poema se terminaba adentro mío. Me acuerdo el día que me di cuenta de eso.  Era verdadera magia y si eso era poesía entonces la poesía era magia. Al lado de “Ocre” estaba “Irremediablente”. Y “ El dulce daño”. Al lado, “Mascarilla y Trébol”. Al lado,” Languidez”. No paraba de leerlos. En la casa de mis padres no había biblioteca. Pero estaban, a menos de un metro y medio de alto,  y sin custodia, casi todos  los libros de magia de Alfonsina.  


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