viernes, 12 de diciembre de 2014

Hay palabras agarradas al borde.

La tentación es soltarles
uno a uno los dedidos.

Pero la caída
de una palabra
no siempre es silenciosa.

A veces matar a una palabra
produce el estallido plateado de un espejo.

O el alarido de un cuerpo que se parte.

Da miedo.

La culpa de empujar
da algo de miedo.

Por eso aún están
ahí
tambaléandose en su peso
como la gota de Cortázar
entre memoria y olvido.






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