viernes, 1 de agosto de 2014


Teníamos apoyada  en las manos una casita de adobe. Lo sé, porque entre los dedos comenzaron a salirnos flores. En medio del jardín pasaba un río que cada tanto crecía y se llevaba todo. Pero teníamos paciencia y palabras. Y siempre conseguíamos barro para volver a construir la casa o para volver a cantarla.


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