sábado, 2 de agosto de 2014

En Belén comimos empanadas que dos señoras iban haciendo bajo un árbol. El señor que las freía las ponía en una olla de hierro negro y, cuando estaban listas, las sacaba con la mano directamente del aceite caliente. No usaba tenedor, ni cuchara, ni nada más que sus manos. Yo lo miraba esperando ver algún gesto que anunciara el dolor del aceite hirviendo, pero no, cada vez que metía la mano en la olla y sacaba la empanada lista, sonreía orgulloso y cantaba.

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