lunes, 28 de abril de 2014

A veces,  entre la mano y la puerta, hay un océano.  Ayer, sin ir más lejos, cuando quise entrar, no había ningún barco y el viento era tanto que agradecí que hubiera sauces en la orilla. Me amarré a ellos. Deberíamos aprender a soñar barcos o puentes  o islas. La soledad consiste en ese océano que no sabe la alegría que hay entre tu puerta y mi mano.