miércoles, 29 de febrero de 2012

Unidad de medida.

Algo de mí
te deja
y vos seguís
mirando
tus
zapatos.


martes, 28 de febrero de 2012

Saberlo antes.

                                                          a Alejandra Pizarnik
Ácida la angustia
y el saberlo
desde el verso primero
a la mañana
con la certera
muerte
que de a poco
fue convenciéndote
de su llegada
fuiste avisando
a todos
Alejandra
que no te ibas a ir
que te habías ido.







© Valeria Cecilia Pariso, 2008

Plural


Rúcula,
achicoria,
radicheta,
hay otras tantas tiernas
picantes,
femeninas,
respetables especies,
como yo,
tan amargas.




lunes, 27 de febrero de 2012

Te lo juro que fue así (IV)

Él, que me había invitado a tomar algo cerca del río me preguntó si yo tenía novio. Le dije que hacía tres meses que estaba sola y ahí me dijo que si hacía menos de un año que había cortado con mi novio todavía me faltaba reconciliarme por lo menos tres veces, que nadie se pelea una vez y se pierde el placer de las reconciliaciones. Le dije que no, que yo no volvía con mis ex, y se río y me dijo, no existe nadie que no vuelva.

Paseos

En Buenos Aires el barrio de Palermo tiene callecitas parisinas y pasajes con las casas pintadas por artistas. Tiene cafés que invitan a sentarse y a charlar de amores. También podés comer un pan con frutos secos a mitad de la tarde, los ves expuestos en las vidrieras de las panaderías, coquetos con sus migas esponjosas y es todo tan rico que quién puede negarse.  Palermo también tiene placitas con ferias de artesanos, tiene el Jardín Botánico, un pulmón de poesía donde le gustaba pasear a Silvina Ocampo, donde si te sentás un rato un gato gris y blanco, o negro y blanco, o marrón y negro, o blanco blanco, hará un zigzag de ternura entre tus piernas. Imperdible una tarde de otoño, con sus árboles viejos y las hojas cayendo.

domingo, 26 de febrero de 2012

Te lo juro que fue así (III)

Un día frente a un bazar le dije a mi novio: mirá ese juego de cuchillos… ¿querés que los compremos?, y entonces él que nunca me había dicho que me quería ni que viviésemos juntos me dijo: “semmmm”. Cuando al tiempo discutimos y dejé a mi novio, quiso que yo conservara los cuchillos. Me dijo que a él no le gustaba nada que cortara.

sábado, 25 de febrero de 2012

Remedio casero contra el mal de amores

Los Esteros del Iberá
son fabulosos
para hacerlos en sopa.
Podrás creer que no,
pero se toman,
se tragan con sus yuyos y sus teros
y así te viene una
pachorra verde correntina
que te deja tranquila varios días
esperanzada también
por tanta clorofila.
Podés tomarlo si él
te mintió mucho
si él se fue con otra
también sirve
y cosas tristes así por el estilo.
Yo te sugiero que
antes de tomar la sopa
busqués dos árboles cercanos a tu casa
si es en tu jardín
tanto mejor
y les colgués de tronco a tronco
una hermosa hamaca paraguaya.
Queda feo dormirse en los rincones.




© Valeria Cecilia Pariso, 2012.

jueves, 23 de febrero de 2012

A veces pienso
un tren
un auto
a veces
lloro
y pienso
un llamado
yn andamio que cae
sobre alguien que pasa
un pozo
circular un ombligo
de la tierra que traga
un teléfono
un hola
su marido
su madre
su hija
su padre,
usted sabe.



Quiera Dios que no me lo permita

Fue publicada por primera vez en II Colección de autores contemporáneos, II certamen de poesias, cuentos y cartas de amor, Editorial Embajada de las letras, Buenos Aires, en el año 1996.

Quiera Dios que no me lo permita

Quiera Dios que no me lo permita
que pueda la razón más que mi alma
que en medio de esta guerra tenga calma
y el día que me rinda, no lo admita.

Si es cierto que hay ángel de la guarda
-como decía mi madre al acunarme-
que me proteja ahora al levantarme
y al entregarme al sueño, que no arda.

Por el bien de los dos, que no me atreva
que me enamore alguna historia nueva
y que te olvide como antes de verte.

Por una vez que sólo sea recuerdo
por mi cordura y porque sigas cuerdo
reza por mí, que yo empecé a quererte.



© Valeria Cecilia Pariso, 1995,

miércoles, 22 de febrero de 2012

Que sería de mí lejos de casa?

A veces me pregunto cómo sería si no viviese en la ciudad en que vivo, a dos horas de distancia de la Capital. ¿Hasta qué punto determina lo que somos el lugar donde vivimos? Si decidiera, por ejemplo, mudarme al campo, despertaría una nueva mujer en mí, distinta de la que soy ahora, ¿escribiría otras cosas? ¿Con qué cosas y qué amores me conectaría? ¿Qué hombres amaría desde el campo? Si me mudara a pleno centro, al otro extremo, supongamos a la Avenida Santa Fe, cómo sería yo en ese contexto. ¿Quiénes me atraerían en ese nuevo espacio? Hasta ahora sólo me conozco viviendo en esta ciudad a dos horas del centro de Buenos Aires. Es sólo una parte de mí la que vive mi vida, una de las vidas que vivo dentro de todas las que podría vivir.

Libros en los que participé



Lunario –antología de cuentos selección de Ana Bisignani- Editorial Dunken- Año 2008

II Colección de Autores Contemporáneos –II Certámen de poesías, cuentos y cartas de amor” Editorial Embajada de las Letras.

Poesía encontrada –antología selección de César Melis- Editorial Dunken

Vuelo íntimo –poesía/Selección de Marta Mutti- Editorial Dunken

Mi cama grande.

Mi cama es tan extensa
como América del Sur
aún así
con tiempo yo podría
andarla en bicicleta.
Duermo noches simultáneas en ella
le entran más de cien
noches cada día.
Le entran todos mis amores
mis terrores
le entran todos mis vestidos desplegados
las tardes que no sé con qué vestirme.
Le entra el sexo, el vino y las novelas.
En mi cama caben todos los poemas
que mis células tienen escondidos.
Es tan abierta
a veces que la tiendo
con sábanas de ríos
para dormir fresquita
las noches de verano.
El Paraná le entra con su Delta
y mis pies
tienen
camalotes
que juegan con los dedos
tiene irupés abiertos como ofrendas
para hacer el amor entre las flores.
Es tan grande mi cama
Que le entran
Los amores que son y los que fueron

Menos el tuyo, el tuyo es una isla.




© La gracia de las gatas. Valeria Cecilia Pariso, 2012.

martes, 21 de febrero de 2012

Para qué sirve un abanico.


Las mujeres que usamos abanico
lo usamos para volar ideas.

La del sexo
vuela
entre ocho y diez abanicadas.


Carta de loco

Cuando era niña, decían que era mentirosa y maleducada, tan mentirosa decían que era, que la maestra al comenzar el año, recibía el informe de la maestra anterior que le advertía acerca de esto.
            Me llamo María. O pongámosle María, eso no importa. Después de muchos años de terapia, entendí que en mí, la mentira, operaba como una respuesta-estímulo a la falta de credibilidad que me daba el medio en el cual crecía. Esa sería una explicación válida. O no.
            La cuestión es que, como consecuencia de mis mentiras, me dejaban encerrada durante las siestas, en el garaje de mi casa. No todos los garajes pueden cerrarse por completo. El mío, si.
            El garaje era amplio, con baldosas rojas, con un enorme portón que daba a la calle, como todos los garajes. No tenía ventanas pero tenía un ventiluz que parecía un ojo que te miraba casi a la altura del techo.
            En verano, ahí hacía un calor de morirse. Hacía un calor que te abrazaba con frazadas pinchudas en medio de la tarde. Cuando yo tenía ocho o nueve años, diez quizás, y estaba en penitencia, mi mamá me ponía un bidón de agua para que tomara si tenía sed, no fuera cosa que me deshidratara durante la penitencia y tuvieran que llevarme al hospital.
            Yo les contaba a mis amigas del colegio que mi mamá me encerraba en el garaje y ellas se lo contaban a la maestra que después venía a decirme “no sea mentirosa, alumna María…la vamos a mandar a Dirección…cómo se le ocurre decir que sus padres la encierran en un garaje…”. Entonces, yo le decía, mentirosa será usté, y terminaba el recreo castigada.
            Por culpa de la fama que yo tenía, fue que sorprendió que Cosme el loco tuviese a mi Mafalda entre sus cosas el día que lo llevaron al loquero.
            Ese día, mi mamá me pidió perdón después de haber ido al loquero para recoger la muñeca que tenía mi nombre escrito con fibra negra en la panza y mi número de teléfono. Mamá hacía esas cosas en las panzas de mis muñecas. La cuestión es que mi madre recuperó a Mafalda.
            Lo que voy a contar ahora, tal como se lo conté a mis amigas del colegio, hizo que me tuvieran casi todas las tardes verano del setenta y nueve, encerrada en el garaje de mi casa.
            Según decían en el barrio, don Cosme, que además de estar loco, tenía una hermana loca, había encontrado la forma de meterse adentro de un sobre de carta y ayudado por su hermana, pasaba por debajo de las puertas.
            El  loco era tan flaco y elástico que se estiraba hasta quedar tan finito que podía meterse dentro del sobre y replegarse sobre sí mismo, dos, dos o tres veces. Después se quedaba así, ensobrado, hasta que la hermana le chupase los bordecitos al sobre y, como era loca, lo cerraba con el hermano adentro y lo llevaba a la casa que le había dicho su hermano.
            Por eso era malo estar encerrada en penitencia. Así oí que un día, mi vecina le contaba a mi mamá, que el loco Cosme, o Cosme el lobo, no me acuerdo bien cómo le decían, se le metió por debajo de la puerta al más chiquito de los Zurita, que estaba en penitencia, y cuando el nene abrió la carta, el loco se desplegó y lo corrió por todo el dormitorio para matarlo.
            Mi mamá nunca creyó esta historia. Tremendo error. Yo sí la creí, por suerte, por eso esperé sentada frente al portón del garaje (del lado de adentro, yo estaba en penitencia), que llegara la carta con el loco adentro. Recuerdo que me gustaba esa sensación de miedo en el cuerpo. Esperé hasta que un día llegó.
            Con Mafalda a upa, agarré la carta y leí mi nombre en el sobre. Pensé en gritar pero no grité. No sé por qué no grité. Abrí el sobre y lo que siguió no me dio tiempo para nada. En un segundo, en menos de un segundo, el loco se desplegó y se me paró enfrente.
            Sin soltar mi muñeca corrí por el garaje, gritando desesperada. Detrás de mi, el loco corría me arrancaba pelos hasta que mi madre abrió la puerta del garage para a ver qué me pasaba y el loco desapareció.
Al día siguiente, o al otro, no me acuerdo bien cuándo, volvieron a ponerme en penitencia. Me senté frente al portón del garaje y esperé la carta. El sobre llegó. No lo abrí, pero la carta comenzó a desplegarse sola y el loco se paró, negro, con los ojos desorbitados e intentó agarrarme del cuello.
            Corrí y me caí. El loco saltó sobre mi como un lobo y me quitó a Mafalda. La puso patas para arriba, patas para abajo, la lamió y cuando se abrió la puerta del garaje, el loco desapareció y la muñeca quedó tirada al lado del bidón de agua.
            Yo se lo conté a mi madre, le dije todo tal como lo estoy contando ahora. Fue una lástima que no me creyera, porque al día siguiente la penitencia fue más larga y me quedé encerrada hasta la noche.
            Yo ya sabía que el loco iba a venir. Cuando lo vi ensobrado debajo de la puerta y lo vi desplegar un dedo por el bordecito izquierdo del sobre, y luego rápidamente  se ensanchó y tomó volumen y estuvo frente a mi, me dio un zarpazo de animal. Corrí por las paredes del garaje y él me corrió desaforado, jadeante con sus patas sucias. Cuando sentí que otra vez me agarraba del pelo, supe que me iba a morir aquella tarde.
            Me husmeó el pelo, me lamió los brazos y me mostró sus dientes largos, sus ojos dilatados, sus pelos en el pecho. Me olió como si fuese una comida.
            De un zarpazo me quitó a Mafalda. Grité, gritó y aulló con furia. Cuando mi madre abrió la puerta desesperada, el loco Cosme se escapó por el ventiluz con mi muñeca. Mi madre dice que no lo vio, no sé.
            La cuestión es que cuando meses más tarde la llamaron del loquero fue y recuperó a Mafalda,  si bien me dijo que no me creía la historia porque yo era tan mentirosa, me pidió disculpas sin saber por qué.
            Y así fue, lo del perdón de mi madre de alguna manera me hizo bien. Es bueno ir recogiendo perdones cada tanto. Algunos llegan a tiempo y son amplios, como las flores de irupé sobre un estanque. Otros llegan de lejos y vienen amarillos. Éste perdón de mi madre llegó, no importa cómo. Mi terapeuta dice que sirve recordar las historias, los perdones, que lo acepte. Me dice también que escriba mucho, que me van a ayudar con la terapia, eso me dice, a ver si podemos terminar a fin de año, si es que no me agarra en otra mentira nueva. Eso dice mi terapeuta, que gracioso, en otra nueva…




© Valeria Cecilia Pariso, 2008,.

lunes, 20 de febrero de 2012

Cada verano
cuando el mar se metía entre mis piernas
y la espuma
hacía dibujos de leche en mis tobillos
yo pensaba
que de vuelta a Buenos Aires, me querrías.



domingo, 19 de febrero de 2012

Cimetière Montparnasse


En Montparnasse
busqué a Cortázar
estuve entre las tumbas
y los árboles
era tan gris el día
usted ya sabe.
París es gris y
hacía calor
recuerdo
busqué tanto
digo
no es fácil estar una mañana
en medio de la muerte
y sin francés
yo no sabía decir
Monsieur, où est le tombeau de Cortázar?
no había nadie
que entendiera un poco mi argentino
todas las tumbas al fin son tan iguales
usted ya sabe
son iguales, hasta que una ve la de Cortázar
lisa como una cama recién hecha
blanca  como una barra de bar
de un bar de Montparnasse con muchas putas

Y entonces
no hay otra que dejarle
sobre el mármol
blanco de la tumba de Cortázar
el boleto del metro
un cigarrillo
un papel blanco
y un lápiz sin usar,
por si acaso.

El cuento "LA PESTE", en su versión corta, fue premiado en el Décimo Certámen Internacional Contextos 2007 de Relato Breve, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación y por la Sociedad de Escritores y Escritoras de Argentina (SEA).

La peste (año 1871, Buenos Aires).


            Hay que ignorar el conventillo mugriento que está a la vuelta del Cabildo. Está lleno de inmigrantes muertos de hambre que duermen unos sobre otros, acostándose  sobre la misma cama deshecha y no limpian nunca. Ahí murieron veinte el lunes pasado. Tendrían que quemarlo con todos adentro, como dice mi madre. Ya ni abrimos los postigones verdes que dan a la calle. Los del patio sí, para ventilar la casa que está húmeda y cruje. Las ventanas que dan a la vereda deben estar cerradas para no ver los muertos que se apilan en la esquina sobre los adoquines. Ayer llegaron treinta más, dijo el sereno. Están todos ahí, montados como una fogata que despide un olor inmundo. El tranvía va a pasar recién mañana a las ocho y este olor a muerte entra en la casa por las hendijas de las puertas, a través de los vidrios, por las claraboyas de la casa… Por eso mi madre dice que no respiremos hondo, para que no nos entre la muerte en el cuerpo. Dice que así le pasó a Marita, que solía respirar hondo y que eso la volvió más débil que nosotras, que fue por eso que la fiebre la atacó y se hirvió de esa manera. ¡Pobre hermana…! Mamá ni llora. Son tantos los muertos…No hay que llorar para no respirar de más y evitar los espasmos que produce el llanto cuando queda atascado en la garganta. Maria sufría de espasmo del sollozo. No hay que ahogarse para no levantar los virus de la fiebre que se apoyan sobre los muebles, en los tapizados y espera que una necesite una bocanada de aire fresco en los pulmones. No hay que ver, tampoco, a los muertos de la calle. Dice mi madre que mi fragilidad puede atraer a la peste amarilla que entra por los pasillos del fondo. Ya entró una vez y agarró a Marita.
            Es que 1.871 no es un buen año. Menos para casarse, pero Pedro me pidió en matrimonio antes de que la fiebre se llevara a mi pobre hermana. Me pidió y se fue, dejándome en Buenos Aires. Se fue al Tigre, el cobarde, huyendo de la peste. Ni sé dónde es el Tigre. Los Arredondo también se fueron allá porque dicen que en ese lugar todavía no llegó la peste. No llegó pero todos comentan que por ahí están enterrando a la gente que acá no cabe en los cementerios. Hay que darle cristiana sepultura a todos, y acá ya no hay lugar, son muchos. Por eso se fue Pedro, allá va a estar vivo pero rodeado de muertos, el idiota. Yo, mientras tanto leo, toco el piano. Por las tardecitas toco valses, para no oír el tranvía que levanta los muertos amontonados en la esquina. Mi madre me pide cuando escucha el silbato del funebrero, que toque más fuerte y que apriete el  pedal para que el piano se escuche en toda la casa. Entonces yo practico arpegios y escalas, bien graves, que son los que acallan los gritos de los vecinos.
            Otras veces juego, me disfrazo de novia, tengo el vestido que iba a usar con Pedro, me calzo unos guantes con pintitas blancas y juego en mi dormitorio, me paseo por el salón de música, mi hermana Marta toca la marcha nupcial y desfilo, entre los sillones rojos, como si estuviera entrando en la Iglesia Nuestra Señora de la Misericordia y Pedro me estuviera esperando en el altar.
            Entonces, cuando hago eso, mi madre me aplaude y me dice que está bien así, que hay que festejar que nosotros estamos sanos, que la fiebre sigue afuera y que camine despacio, que no le gusta cuando me agito, que no vaya a saltar, no sea cosa que respire más profundo de lo conveniente.


© Valeria Cecilia Pariso, 2007.

viernes, 17 de febrero de 2012

Ana se fue

Leo tu nota y te imagino corriendo por la galería que está debajo de nuestro departamento. No te entiendo. No te entiendo que me dejés ahora, justo ahora. Te vas y yo sé que están ahí, guardados, todos ellos.  Eran tuyos, Ana. Vos los criaste, yo no quería. Los escucho golpear la puerta del ropero, como si supieran que te fuiste, como si quisieran que vuelvas. Seguramente esperan que les abras. Yo sé que los dejabas salir, y caminar por el comedor, vos no me lo contabas pero yo sé que caminaban por acá todos los días. Yo sé, Ana, que les traías arena húmeda para que jueguen. Te estoy diciendo esto mientras te imagino corriendo sobre la vereda del Casino. No sé si el apuro de tu ida te dejó escuchar el mar, yo sí lo escucho. Leo tu nota, esta nota que escribiste con tu letra que tiembla y recuerdo que fue idea tuya venirnos a vivir a Mar del Plata. ¿Te acordás, Ana? Es increíble que ahora me dejes porque no pudiste deshacerte de ellos. Toda la vida teníamos para solucionarlo. Podríamos haber pedido ayuda, Ana. Es cierto que no queríamos tener hijos. Nadie que nos atara a rutinas, ni a colegios, nuestro amor alcanzaba para estar juntos, sin tener horarios, ni orden. Teníamos todo lo que queríamos en este departamentito frente al mar. Vos quería esto, Ana…Dormir hasta tarde, almorzar cualquier cosa que hubiera en la heladera, un trozo de queso Por Salud, un huevo, leer, hacer el amor, no bañarnos si no teníamos ganas. Fui idea tuya, Ana, vos querías venir al mar para encontrarnos. Leo tu nota y no entiendo que ahora te hayas ido, no entiendo que me dejes en este departamento con todos ellos y la heladera vacía. Siempre me decís que se comían todo. ¿Y tu ropa, Ana? ¿La llevaste? Cómo voy a saberlo si no puedo abrir el ropero. ¿Te dejaron llevarte la ropa? Están golpeando las puertas cada vez más fuerte, como llamándote. Decime, a ver decime, ahora que estás corriendo con tus tacones por las veredas del Casino… ¿te llevaste o no la ropa? Tal vez ellos te dejaron sacarla, ya te conocían después de todo. Vos les dabas de comer, vos que no querías hijos para no tener la obligación de prepararles el almuerzo. Los dejabas jugar y les juntabas arena…A mi no me conocen, Ana…Leo tu nota y no sé si hoy les diste de comer a los cangrejos…¿Cuántos son? ¿Cuántos puede haber en el ropero? Aunque busque no hay nada en la heladera. Ahora que escucho las pinzas anaranjadas presionarse unas contra otras, subirse unos sobre otros mientras se chocan y se apilan…ahora que están rompiendo la madera del ropero con sus tenazas implacables, me doy cuenta que es casi el mediodía y no hay ni un trozo de comida para darles.




© Valeria Cecilia Pariso, 2008.-
Ojalá tuviese
una fe
del tamaño de un puente
o de la Torre Eiffel
o de una enciclopedia.

No esta fe debatida
medio enclenque,
gateada.
esta fe de miguitas.



jueves, 16 de febrero de 2012

Yo iba al mar todos los febreros
Durante años fui al mar
Llevo
el mar puesto en los ojos todavía
Sigo encontrando arena en la cartera
Oigo romper las olas y oigo el viento
Es que yo
iba al mar todos los febreros
y cuando todos encontraban un amor
un amor de verano, de esos lindos,
yo encontraba nada más que caracoles.


Secreto



No es que mi abuela fuese sabia
como un gato que guarda alguna vida
por si se cae trepando la ventana.
Tenía los dedos duros y doblados
Y los ojos marrones como nueces
Pero eso no hacía que supiese.
Mi abuela había aprendido de la tierra
Los laberintos que hacen las hormigas
Para guardar a salvo su alimento
Mi abuela hizo lo mismo con mi abuelo
Guardó algo de su amor
No lo dio todo
Y así sobrevivió sin sobresaltos.









© Valeria Cecilia Pariso, 2012.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Testigo

Yo sé que debajo de la silla
que está en mi dormitorio
la silla que se llena de remeras
de papeles para ordenar mañana
debajo entre las patas de la silla
hay un hombre agazapado
con los ojos más grandes que la boca
y me mira.



VAIVÉN

         Ahora que dejo a este gusano subir sobre mi dedo, sobre el dedo de mi mano izquierda  que se apoya en el banco de la plaza, debajo del fresno bichado, ahora, digo, que el gusano sube rugoso sobre-entre-por-detrás de los pelos de mis dedos, y los pelos le hacen las veces de rastrillos, de laberintos altos, negros, y su cuerpo tubular es un acordeón que se contrae y se expande, se contrae y se expande y veo que aún se sostiene, veo el temblor incipiente de mi mano, de mi brazo que mueve la mano levemente y mueve al gusano que cayó del fresno,  de este fresno que encontré abundante en gusanos y veo al insecto que esquiva el vaivén enfermizo de mis dedos, me veo en unos años sentado debajo de éste árbol, o de cualquier otro árbol de ésta plaza, no buscando historias como ahora (ni personajes, ni puntos de vista, nada que ver con mi literatura), sino siendo un viejo igual que cualquier viejo, uno igual a todos los viejos de las plazas, aburrido mirando alguna oruga, o gusano, o algo que se deslice sobre mi brazo, que repte desde la mano inquieta que me tiembla, que temblará más de lo que tiembla ahora, que temblará enloquecidamente, no como cuando mis manos caen sobre la Olivetti, cuando machaco cada palabra como una prolongación de mis dedos, no, no, no me refiero a eso, sino a ésta molesta incapacidad de mantener los dedos quietos cuando tengo las muñecas apoyadas por delante de la barra espaciadora y dejo los dedos suspendidos en el aire, cuando no toco las teclas y mis diez dedos quedan duros, hablo de lo que me pasó cuando estaba escribiendo “La vuelta del vasco”, un cuento medio pelo, y tipié y sentí que había un movimiento compulsivo en mis manos, que iba de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, mínimo, parejito, inevitable. Me refiero a cuando dije carajo y me serví un whisky. Lo digo en singular y sin embargo, me serví más de uno porque no estaba en casa, en la de Quintana digo, entonces Alejandra me miraba desde el sillón, desnuda, hojeando una revista. Habíamos hecho el amor y me miraba, me sonreía estirada sobre el sillón como una gata, con ese mirar desnudo de los gatos. Ahora éste gusano no sabe nada de eso, éste gusano que empezó a arrastrarse por mi dedo anular, luego sobre mi alianza, y me subió a la mano, al dorso de mi mano, y entonces pienso que quién sabe, tal vez en cuando esta sacudida involuntaria de mis dedos se haga más profunda, insoslayable, quién sabe si el gusano soportará acá arriba, y lo veo subir y pienso que un día caerá sobre la tierra, como un desalojado, o se irá precipitadamente sobre mis zapatos, que quién sabe si estarán lustrosos como ahora, ahora que Isabel me alcanza los zapatos, que tiene esa manía de hacer limpiar mis cosas, y me dice “Adolfo, ¿otra vez con tierra en los zapatos? ¿Dónde estuviste, A, decime, dónde?” y entonces  me repite, incansable, “me ponés mal, te ves triste con los zapatos sucios”, y me lo dice vestida de amarillo, planchada, almidonada, me lo dice con esa cara angular enmantecada de cremas nocturnas para arrugas, y me los hace lustrar como una joya, entonces yo pienso en el gusano cayéndome sobre el zapato de oro, cayéndose como por un tobogán por la pomada, y en Alejandra que le divierten tanto los gusanos, pienso que ella lo agarraría y lo metería entre las tetas, como una cinta verde, gorda, suave, eso haría. Ella tiene esas cosas naturales. Después me pediría que lo busque y yo, con mi temblor le haría cosquillas y reiría.
            En cambio, mi Isabel, mi amor, mi Isi, vería cada segmento del gusano, notaría inevitablemente cómo el bicho se contrae y se expande, se contrae y se expande y me vería la mano, mediría frecuencias, simetrías, y hasta calcularía cada cuánto me muevo. Entonces quién sabe para cuando el bicho se caiga, cómo estaré yo y si lo entiendo. Pienso en eso, y en que debería dejarme de joder y buscar a un neurólogo, para algo tengo Osde, diría Isi, pienso en que es fantástico que ahora no se caiga, en que este gusano fuerte se sostenga y que se deje agarrar como un gatito por mis dedos que pinzan temblorosos, y puedo darlo vuelta, entonces lo agarro del lomito y lo apoyo en mi brazo, y vuelve sobre mi hombro, idiota, completamente estúpido el gusano, vuelve en la dirección contraria, como hace Alejandra cuando le digo que no, que hoy no me quedo, que me espera mi mujer y que no joda. Así hace y se deja voltear como el gusano, Alejandra digo, y siente mi mano que tiembla entre sus huecos, y le hace gracia a la tonta, y me sostiene el vaivén con sus manos perfectas, perfectamente sanas y me calma, el temblor nervioso de mis manos.
            Ahí, exactamente ahí, donde da vuelta, el gusano despliega algo así como unas patas, unas patitas que no salen del tubo, que brotan como pequeños abrojos, como pequeños miembros metidos en su cuerpo, y entonces pienso que Isi querría lustrarle esos miembritos, esos miembritos verdes de gusano, para que no se vea triste, pienso, y hasta diría que el bicho me presiente y que sonríe, es maravilloso ver sonreír a un gusano como éste, lo veo y se aprieta con fuerza, baja hasta la mano, y va llegando convulso, neurológicamente inestable hasta mis dedos, serpentea pegajoso, astuto, como Alejandra, o como Isi también algunas veces, hasta el banco firme de esta plaza, que me tiene sentado hace una hora, y se queda un segundo, tranquilito, reconociendo la calma del cemento.



© Valeria Cecilia Pariso, 2008,

martes, 14 de febrero de 2012

Restos marinos

Desparramada
espesa espuma en piso
después de verte
aún podría juntarse
con los dedos abiertos
lo que quedó de mí

cuando te fuiste.






Después de todo,
de todo cuando ya fue todo,
después de la nostalgia de la historia,
después de los anuncios,
de los libros,
volver a vernos,
con los ojos enormes,
como mundos enteros,
como constelación de profecías,
después de todo/hoy,
otra vez hoy,
descubrirnos en otros,
 todavía.

Negro

A lo mejor no es.
A lo mejor parece pero no es.
Parece un ovillo negro de lana negra
pero a lo mejor no es
y le estoy dando
vueltas y vueltas
al gato
que saca las garras
porque no le gusta que lo oville.