domingo, 29 de abril de 2012

La Anunciación





Los perros con la cola enrulada siempre reconocen a los traidores. Eso dice la Anunciación mientras palmea a Coquito, su perro misionero, un mestizo feo que la sigue a todos lados.
-Los olfatea, les husmea los pies traicioneros y ya…ya lo sabe nomás…así de sencillita la cosa. – dice la Anunciación a boca de jarro.
            Y por eso fue que la patrona nos mandó para acá, a Paraguay, después de que murió su esposo por ese ataque al corazón tremendo. Por suerte la Anunciación lo trajo al perro, eso sí, adentro de una jaula para gatos que fue donde lo hizo meter la señora esa noche. El pobre animal se aguantó las casi treinta horas que duró el viaje desde Buenos Aires hasta mi casa.
            Desde el primer día no hubo forma de la patrona entendiera que la Anunciación no era paraguaya.
            Ella se lo había dicho cuando la contrataron, un año después de que yo empecé a trabajar en la casa. Era así: ella no tenía documentos no por paraguaya indocumentada como le decía la Señora, sino por misionera nacida en el medio del monte y porque su madre tenía nueve hijos y no había tenido tiempo de ir a anotarla al Registro Civil que atendía sólo de mañana cuando todos sus hijos le pedían la leche.
            La cuestión era, como decía, que la señora no llegó a entender que el guaraní se habla también en Argentina y con el disgusto de ver a su esposo muerto, que dios lo tenga en la gloria porque traidor y todo era un buen hombre el pobre patrón, fue tal el alboroto que se armó, que ahí nomás nos subió a una camioneta que manejaba su chofer y nos mandó para acá con Coquito y todo.
            Al principio creí que la señora había entendido lo que le decía la Anunciación porque dejó que el perro se quedara con ella. Muy pocas señoras aceptan que la mucama traiga a su perro a vivir a la casa, la señora sí. Parecía que había entendido que Coquito era un perro especial. Parecía, pero no. Al final nos dimos cuenta de que no creyó ni entendió nada y eso que lo vio al Coquito hacerle señas a la Anunciación cuando apareció el patrón el lunes que la contrataron.
            “Este hombre es un traidor” le dijo en su idioma perro, Coquito a la Anunciación. La patrona lo miró. Lástima que la señora fuera tan fiada de su marido y que no le prestara atención al perro que avisaba, porque desde ese lunes que Coquito entró de la correa, con sus orejitas  triangulares y alertas y husmeó los pies del patrón y con su hocico le humedeció los zapatos lustrosos, la Anunciación se dio cuenta lo que su perro le estaba revelando.
            Mirá si habrá sido honesta mi amiga que hasta se lo dijo a la señora una tarde mientras limpiaba los bronces. Con la franela en la mano, sin mirarla para que no la acuse de estar dando charla para no limpiar, se lo dijo. Le contó que todos los perros que tienen la cola enrollada como Coquito reconocen a los traidores, y sobre todo, a los maridos infieles. Todos ellos despiden un olor especial. Pero como la patrona era muy culta y muy entendida se rió y le contestó con esa voz pausada con muchas eyes que tienen las señoras de Buenos Aires que ya se sabe que esas cosas de que los perros con la cola enrulada son clarividentes son pavadas del campo. Mirala ahora, quedó viuda y su pobre esposo, muerto del disgusto.
            En lugar de atender lo que mi amiga le decía, la patrona se pasaba las tardes enseñándole a decir “Señora”. Una y otra vez, le repetía lo mismo:
-Que ya le expliqué que no se dice cortado, Anunciación, que no sea paraguaya bruta y no lo separe, que yo sé que Usted lo hace a propósito para fastiarme, que no se dice Seni ora, usted no tiene que decirlo así, ¿entiende?, deje esa franela y atiendamé, usted tiene que llamarme bien, que mis amigas me dicen que siempre contrato paraguayas que son baratas, que Mechita tiene una santiagueña que le dice “Señora”, todo junto, ¿me entiende, Anunciación?, que la otra no me importa si lo dice mal (le decía por mí…) porque ella no atiende el servicio de la mesa, que si quiere le doy un franco al mes con tal de que lo diga bien, no dos, uno, porque ustedes siempre quieren sacar tajada, míreme y dígalo correctamente. “Señora”, no Seni ora, ¡Ya! Quiero que lo pronuncie como se debe, practíquelo que le va a salir, es como un arrullo, ¿Sabe lo que es un arrullo, Anunciación? ¡Arrulle la palabra Señora, Anunciación!
            Y la Anunciación hacía lo que podía, pero no había caso, la señora nunca iba a entender que ya le decíamos señora.
            El patrón sí que nos entendía. Desde que la vio a la Anunciación, la trató muy bien. Él sabía que ella era misionera, no paraguaya indocumentada. Se lo dijo una vez a la madrugada, cuando estábamos las dos secando las copas después de una reunión que habían tenido los patrones. Apareció y le murmuró al oído, cerquita del armario donde se guarda la vajilla fina:
-Yo sé que vos tenés la sangre caliente y colorada, como tu Misiones…
            Entonces, la Anunciación sonrió satisfecha y sus pechos se hincharon debajo del delantal celeste y los voladitos blancos del escote se alzaron como flores.
            Ahora pienso que si la señora hubiese sabido que su esposo sí le creía a la Anunciación cuando decía que era argentina, no la hubiese mandado a Paraguay conmigo, porque después de todo, que las dos hablemos guaraní no nos hace compatriotas. Pero acá estamos  y ahora ella se quedó sin plata para volverse a Misiones.
            No hubo forma. Aquella noche la patrona nos metió en la camioneta hecha una furia y nos sacó de Argentina. Anunciación gracias a dios no está mal ahora, considerando el momento que pasó, sin su amor y sin tener nunca más al hombre que amaba al lado suyo.
            Porque con el patrón, claro que se amaban. Con ella él no era traidor, porque siempre le venía de frente. Le decía:
-Negrita, hoy no te tires en la cama porque mi mujer vuelve de yoga y sube a cambiarse…
Entonces la Anunciación sabía que los martes y jueves el señor tenía que hacer otras cosas y que la señora subía al dormitorio antes de las cuatro para cambiarse. Él siempre que podía le avisaba las cosas para que mi amiga no tuviera sobresaltos. Siempre la trataba con cuidado.  Ella me lo contaba cada vez que se acostaban juntos, qué suavidad tenía él cuando la acariciaba, qué manos tan lindas, cuántos regalos le hacía, hasta le había comprado un perfume francés igual al que usaba la señora. Ahora ella no lo quiere usar más porque le recuerda al olor de ella, entonces me lo presta a mí, porque a mí no me recuerda a nadie y me dura todo el día, porque los franceses hacen perfumes que duran mucho, ya se sabe.
Es una lástima que esta historia la haya dejado así de triste a mi amiga, que está tan afectada que dice que nunca más va a volver a enamorarse. Si al menos la patrona le hubiese dejado traer una foto del patrón, pero no…Cuando la señora volvió a la casa a buscar no sé qué tarjeta de crédito que le había quedado en otra cartera y los vio desnudos en su cama grande, sus ojos porteños y cultos vieron los senos misioneros y altos de la Anunciación en la boca del señor. Entonces le agarró un ataque de furia y empezó a gritar “hijo de puta traidor” y mi amiga se tapó como pudo con las sábanas blancas, y corrió al baño de la suite para esconderse, no fuera cosa que empezaran a los tiros. Eso desquició más aún a la señora y ahí vino le ataque del corazón del patrón que se cayó muerto sobre el piso cuando quiso bajarse de la cama.
            Para nosotras no fue sorpresa porque Coquito lo había anunciado. El primer día, cuando le husmeó los zapatos negros al patrón, le dio tres vueltas repiqueteando sus patitas blancas y aulló como un lobo. Yo creí que lo meaba, pero no. La Anunciación había entendido lo que Coquito decía: había traición en puerta. Ella reconocía cada uno de sus mensajes. La patrona no. La patrona tenía su cultura tapándole los ojos. Mi amiga había tratado de decírselo, aún a costa de que la despidan. Así de generosa y buena es la Anunciación. Por eso la cuido como si fuese mi hermana y no me enojó quedarme sin trabajo cuando la ciega de la patrona se la agarró conmigo también al encontrar a mi amiga entre sus sábanas.
-¡Mis sábanas de percal!, gritó cuando la Anunciación se enrolló sobre las caderas húmedas las sábanas tibias y se las puso como un vestido de novia, mientras corría al baño.
            Que éramos todas iguales, también nos dijo. Y yo me sentí orgullosa. Porque la Anunciación es honesta, avispada, hacendosa y por sobre todo, le cree a Coquito. Así que ahora hacemos de cuenta que estamos de vacaciones hasta fines de Enero y el mes que viene cruzamos a Clorinda a ver si encontramos trabajo. Ahora no. Ahora tomamos mate y nos contamos cosas. La Anunciación dice que es la primera vez que tiene vacaciones y la verdad es que tiene bien merecido este descanso. Igual que Coquito, que está estresado, y que se queda ahí, acostadito sobre la tierra fresca, al lado de mi amiga, que está acunándose en la hamaca tejida, tratando de dormirse una siesta hasta que baje el calor.


©  Valeria Cecilia Pariso, 2008.

2 comentarios:

  1. Adorable cuento... Espectacular eso de ¨la cultura tapándole los ojos...¨ a la patrona. Además soy parcial al valorar tu trabajo, porque tengo especial predilección por los(las) paraguayos(yas), víctimas de nuestras tropelías. Gracias entonces por tu cuento!

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