miércoles, 15 de febrero de 2012

VAIVÉN

         Ahora que dejo a este gusano subir sobre mi dedo, sobre el dedo de mi mano izquierda  que se apoya en el banco de la plaza, debajo del fresno bichado, ahora, digo, que el gusano sube rugoso sobre-entre-por-detrás de los pelos de mis dedos, y los pelos le hacen las veces de rastrillos, de laberintos altos, negros, y su cuerpo tubular es un acordeón que se contrae y se expande, se contrae y se expande y veo que aún se sostiene, veo el temblor incipiente de mi mano, de mi brazo que mueve la mano levemente y mueve al gusano que cayó del fresno,  de este fresno que encontré abundante en gusanos y veo al insecto que esquiva el vaivén enfermizo de mis dedos, me veo en unos años sentado debajo de éste árbol, o de cualquier otro árbol de ésta plaza, no buscando historias como ahora (ni personajes, ni puntos de vista, nada que ver con mi literatura), sino siendo un viejo igual que cualquier viejo, uno igual a todos los viejos de las plazas, aburrido mirando alguna oruga, o gusano, o algo que se deslice sobre mi brazo, que repte desde la mano inquieta que me tiembla, que temblará más de lo que tiembla ahora, que temblará enloquecidamente, no como cuando mis manos caen sobre la Olivetti, cuando machaco cada palabra como una prolongación de mis dedos, no, no, no me refiero a eso, sino a ésta molesta incapacidad de mantener los dedos quietos cuando tengo las muñecas apoyadas por delante de la barra espaciadora y dejo los dedos suspendidos en el aire, cuando no toco las teclas y mis diez dedos quedan duros, hablo de lo que me pasó cuando estaba escribiendo “La vuelta del vasco”, un cuento medio pelo, y tipié y sentí que había un movimiento compulsivo en mis manos, que iba de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, mínimo, parejito, inevitable. Me refiero a cuando dije carajo y me serví un whisky. Lo digo en singular y sin embargo, me serví más de uno porque no estaba en casa, en la de Quintana digo, entonces Alejandra me miraba desde el sillón, desnuda, hojeando una revista. Habíamos hecho el amor y me miraba, me sonreía estirada sobre el sillón como una gata, con ese mirar desnudo de los gatos. Ahora éste gusano no sabe nada de eso, éste gusano que empezó a arrastrarse por mi dedo anular, luego sobre mi alianza, y me subió a la mano, al dorso de mi mano, y entonces pienso que quién sabe, tal vez en cuando esta sacudida involuntaria de mis dedos se haga más profunda, insoslayable, quién sabe si el gusano soportará acá arriba, y lo veo subir y pienso que un día caerá sobre la tierra, como un desalojado, o se irá precipitadamente sobre mis zapatos, que quién sabe si estarán lustrosos como ahora, ahora que Isabel me alcanza los zapatos, que tiene esa manía de hacer limpiar mis cosas, y me dice “Adolfo, ¿otra vez con tierra en los zapatos? ¿Dónde estuviste, A, decime, dónde?” y entonces  me repite, incansable, “me ponés mal, te ves triste con los zapatos sucios”, y me lo dice vestida de amarillo, planchada, almidonada, me lo dice con esa cara angular enmantecada de cremas nocturnas para arrugas, y me los hace lustrar como una joya, entonces yo pienso en el gusano cayéndome sobre el zapato de oro, cayéndose como por un tobogán por la pomada, y en Alejandra que le divierten tanto los gusanos, pienso que ella lo agarraría y lo metería entre las tetas, como una cinta verde, gorda, suave, eso haría. Ella tiene esas cosas naturales. Después me pediría que lo busque y yo, con mi temblor le haría cosquillas y reiría.
            En cambio, mi Isabel, mi amor, mi Isi, vería cada segmento del gusano, notaría inevitablemente cómo el bicho se contrae y se expande, se contrae y se expande y me vería la mano, mediría frecuencias, simetrías, y hasta calcularía cada cuánto me muevo. Entonces quién sabe para cuando el bicho se caiga, cómo estaré yo y si lo entiendo. Pienso en eso, y en que debería dejarme de joder y buscar a un neurólogo, para algo tengo Osde, diría Isi, pienso en que es fantástico que ahora no se caiga, en que este gusano fuerte se sostenga y que se deje agarrar como un gatito por mis dedos que pinzan temblorosos, y puedo darlo vuelta, entonces lo agarro del lomito y lo apoyo en mi brazo, y vuelve sobre mi hombro, idiota, completamente estúpido el gusano, vuelve en la dirección contraria, como hace Alejandra cuando le digo que no, que hoy no me quedo, que me espera mi mujer y que no joda. Así hace y se deja voltear como el gusano, Alejandra digo, y siente mi mano que tiembla entre sus huecos, y le hace gracia a la tonta, y me sostiene el vaivén con sus manos perfectas, perfectamente sanas y me calma, el temblor nervioso de mis manos.
            Ahí, exactamente ahí, donde da vuelta, el gusano despliega algo así como unas patas, unas patitas que no salen del tubo, que brotan como pequeños abrojos, como pequeños miembros metidos en su cuerpo, y entonces pienso que Isi querría lustrarle esos miembritos, esos miembritos verdes de gusano, para que no se vea triste, pienso, y hasta diría que el bicho me presiente y que sonríe, es maravilloso ver sonreír a un gusano como éste, lo veo y se aprieta con fuerza, baja hasta la mano, y va llegando convulso, neurológicamente inestable hasta mis dedos, serpentea pegajoso, astuto, como Alejandra, o como Isi también algunas veces, hasta el banco firme de esta plaza, que me tiene sentado hace una hora, y se queda un segundo, tranquilito, reconociendo la calma del cemento.



© Valeria Cecilia Pariso, 2008,

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