domingo, 19 de febrero de 2012

La peste (año 1871, Buenos Aires).


            Hay que ignorar el conventillo mugriento que está a la vuelta del Cabildo. Está lleno de inmigrantes muertos de hambre que duermen unos sobre otros, acostándose  sobre la misma cama deshecha y no limpian nunca. Ahí murieron veinte el lunes pasado. Tendrían que quemarlo con todos adentro, como dice mi madre. Ya ni abrimos los postigones verdes que dan a la calle. Los del patio sí, para ventilar la casa que está húmeda y cruje. Las ventanas que dan a la vereda deben estar cerradas para no ver los muertos que se apilan en la esquina sobre los adoquines. Ayer llegaron treinta más, dijo el sereno. Están todos ahí, montados como una fogata que despide un olor inmundo. El tranvía va a pasar recién mañana a las ocho y este olor a muerte entra en la casa por las hendijas de las puertas, a través de los vidrios, por las claraboyas de la casa… Por eso mi madre dice que no respiremos hondo, para que no nos entre la muerte en el cuerpo. Dice que así le pasó a Marita, que solía respirar hondo y que eso la volvió más débil que nosotras, que fue por eso que la fiebre la atacó y se hirvió de esa manera. ¡Pobre hermana…! Mamá ni llora. Son tantos los muertos…No hay que llorar para no respirar de más y evitar los espasmos que produce el llanto cuando queda atascado en la garganta. Maria sufría de espasmo del sollozo. No hay que ahogarse para no levantar los virus de la fiebre que se apoyan sobre los muebles, en los tapizados y espera que una necesite una bocanada de aire fresco en los pulmones. No hay que ver, tampoco, a los muertos de la calle. Dice mi madre que mi fragilidad puede atraer a la peste amarilla que entra por los pasillos del fondo. Ya entró una vez y agarró a Marita.
            Es que 1.871 no es un buen año. Menos para casarse, pero Pedro me pidió en matrimonio antes de que la fiebre se llevara a mi pobre hermana. Me pidió y se fue, dejándome en Buenos Aires. Se fue al Tigre, el cobarde, huyendo de la peste. Ni sé dónde es el Tigre. Los Arredondo también se fueron allá porque dicen que en ese lugar todavía no llegó la peste. No llegó pero todos comentan que por ahí están enterrando a la gente que acá no cabe en los cementerios. Hay que darle cristiana sepultura a todos, y acá ya no hay lugar, son muchos. Por eso se fue Pedro, allá va a estar vivo pero rodeado de muertos, el idiota. Yo, mientras tanto leo, toco el piano. Por las tardecitas toco valses, para no oír el tranvía que levanta los muertos amontonados en la esquina. Mi madre me pide cuando escucha el silbato del funebrero, que toque más fuerte y que apriete el  pedal para que el piano se escuche en toda la casa. Entonces yo practico arpegios y escalas, bien graves, que son los que acallan los gritos de los vecinos.
            Otras veces juego, me disfrazo de novia, tengo el vestido que iba a usar con Pedro, me calzo unos guantes con pintitas blancas y juego en mi dormitorio, me paseo por el salón de música, mi hermana Marta toca la marcha nupcial y desfilo, entre los sillones rojos, como si estuviera entrando en la Iglesia Nuestra Señora de la Misericordia y Pedro me estuviera esperando en el altar.
            Entonces, cuando hago eso, mi madre me aplaude y me dice que está bien así, que hay que festejar que nosotros estamos sanos, que la fiebre sigue afuera y que camine despacio, que no le gusta cuando me agito, que no vaya a saltar, no sea cosa que respire más profundo de lo conveniente.


© Valeria Cecilia Pariso, 2007.

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