martes, 21 de febrero de 2012

Carta de loco

Cuando era niña, decían que era mentirosa y maleducada, tan mentirosa decían que era, que la maestra al comenzar el año, recibía el informe de la maestra anterior que le advertía acerca de esto.
            Me llamo María. O pongámosle María, eso no importa. Después de muchos años de terapia, entendí que en mí, la mentira, operaba como una respuesta-estímulo a la falta de credibilidad que me daba el medio en el cual crecía. Esa sería una explicación válida. O no.
            La cuestión es que, como consecuencia de mis mentiras, me dejaban encerrada durante las siestas, en el garaje de mi casa. No todos los garajes pueden cerrarse por completo. El mío, si.
            El garaje era amplio, con baldosas rojas, con un enorme portón que daba a la calle, como todos los garajes. No tenía ventanas pero tenía un ventiluz que parecía un ojo que te miraba casi a la altura del techo.
            En verano, ahí hacía un calor de morirse. Hacía un calor que te abrazaba con frazadas pinchudas en medio de la tarde. Cuando yo tenía ocho o nueve años, diez quizás, y estaba en penitencia, mi mamá me ponía un bidón de agua para que tomara si tenía sed, no fuera cosa que me deshidratara durante la penitencia y tuvieran que llevarme al hospital.
            Yo les contaba a mis amigas del colegio que mi mamá me encerraba en el garaje y ellas se lo contaban a la maestra que después venía a decirme “no sea mentirosa, alumna María…la vamos a mandar a Dirección…cómo se le ocurre decir que sus padres la encierran en un garaje…”. Entonces, yo le decía, mentirosa será usté, y terminaba el recreo castigada.
            Por culpa de la fama que yo tenía, fue que sorprendió que Cosme el loco tuviese a mi Mafalda entre sus cosas el día que lo llevaron al loquero.
            Ese día, mi mamá me pidió perdón después de haber ido al loquero para recoger la muñeca que tenía mi nombre escrito con fibra negra en la panza y mi número de teléfono. Mamá hacía esas cosas en las panzas de mis muñecas. La cuestión es que mi madre recuperó a Mafalda.
            Lo que voy a contar ahora, tal como se lo conté a mis amigas del colegio, hizo que me tuvieran casi todas las tardes verano del setenta y nueve, encerrada en el garaje de mi casa.
            Según decían en el barrio, don Cosme, que además de estar loco, tenía una hermana loca, había encontrado la forma de meterse adentro de un sobre de carta y ayudado por su hermana, pasaba por debajo de las puertas.
            El  loco era tan flaco y elástico que se estiraba hasta quedar tan finito que podía meterse dentro del sobre y replegarse sobre sí mismo, dos, dos o tres veces. Después se quedaba así, ensobrado, hasta que la hermana le chupase los bordecitos al sobre y, como era loca, lo cerraba con el hermano adentro y lo llevaba a la casa que le había dicho su hermano.
            Por eso era malo estar encerrada en penitencia. Así oí que un día, mi vecina le contaba a mi mamá, que el loco Cosme, o Cosme el lobo, no me acuerdo bien cómo le decían, se le metió por debajo de la puerta al más chiquito de los Zurita, que estaba en penitencia, y cuando el nene abrió la carta, el loco se desplegó y lo corrió por todo el dormitorio para matarlo.
            Mi mamá nunca creyó esta historia. Tremendo error. Yo sí la creí, por suerte, por eso esperé sentada frente al portón del garaje (del lado de adentro, yo estaba en penitencia), que llegara la carta con el loco adentro. Recuerdo que me gustaba esa sensación de miedo en el cuerpo. Esperé hasta que un día llegó.
            Con Mafalda a upa, agarré la carta y leí mi nombre en el sobre. Pensé en gritar pero no grité. No sé por qué no grité. Abrí el sobre y lo que siguió no me dio tiempo para nada. En un segundo, en menos de un segundo, el loco se desplegó y se me paró enfrente.
            Sin soltar mi muñeca corrí por el garaje, gritando desesperada. Detrás de mi, el loco corría me arrancaba pelos hasta que mi madre abrió la puerta del garage para a ver qué me pasaba y el loco desapareció.
Al día siguiente, o al otro, no me acuerdo bien cuándo, volvieron a ponerme en penitencia. Me senté frente al portón del garaje y esperé la carta. El sobre llegó. No lo abrí, pero la carta comenzó a desplegarse sola y el loco se paró, negro, con los ojos desorbitados e intentó agarrarme del cuello.
            Corrí y me caí. El loco saltó sobre mi como un lobo y me quitó a Mafalda. La puso patas para arriba, patas para abajo, la lamió y cuando se abrió la puerta del garaje, el loco desapareció y la muñeca quedó tirada al lado del bidón de agua.
            Yo se lo conté a mi madre, le dije todo tal como lo estoy contando ahora. Fue una lástima que no me creyera, porque al día siguiente la penitencia fue más larga y me quedé encerrada hasta la noche.
            Yo ya sabía que el loco iba a venir. Cuando lo vi ensobrado debajo de la puerta y lo vi desplegar un dedo por el bordecito izquierdo del sobre, y luego rápidamente  se ensanchó y tomó volumen y estuvo frente a mi, me dio un zarpazo de animal. Corrí por las paredes del garaje y él me corrió desaforado, jadeante con sus patas sucias. Cuando sentí que otra vez me agarraba del pelo, supe que me iba a morir aquella tarde.
            Me husmeó el pelo, me lamió los brazos y me mostró sus dientes largos, sus ojos dilatados, sus pelos en el pecho. Me olió como si fuese una comida.
            De un zarpazo me quitó a Mafalda. Grité, gritó y aulló con furia. Cuando mi madre abrió la puerta desesperada, el loco Cosme se escapó por el ventiluz con mi muñeca. Mi madre dice que no lo vio, no sé.
            La cuestión es que cuando meses más tarde la llamaron del loquero fue y recuperó a Mafalda,  si bien me dijo que no me creía la historia porque yo era tan mentirosa, me pidió disculpas sin saber por qué.
            Y así fue, lo del perdón de mi madre de alguna manera me hizo bien. Es bueno ir recogiendo perdones cada tanto. Algunos llegan a tiempo y son amplios, como las flores de irupé sobre un estanque. Otros llegan de lejos y vienen amarillos. Éste perdón de mi madre llegó, no importa cómo. Mi terapeuta dice que sirve recordar las historias, los perdones, que lo acepte. Me dice también que escriba mucho, que me van a ayudar con la terapia, eso me dice, a ver si podemos terminar a fin de año, si es que no me agarra en otra mentira nueva. Eso dice mi terapeuta, que gracioso, en otra nueva…




© Valeria Cecilia Pariso, 2008,.

4 comentarios:

  1. Me deleité con este cuento, tiene muchos matices...Muy bien armado el yo narrador memoralista y el juego con la verosimilitud.Cómo mediante el prceso de ficcionalización, se puede sobrevivir al poder opresivo...

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  2. Gracias, Natalia, lo reescribi varias veces y siempre le encuentro algo que mejorar. Justo los puntos de tu critica (el trabajo de la opresión como tema de la niñez y la verosimilitud de lo que se cuenta era lo que mas me preocupaba). Gracias por hacer una lectura tan atenta. Valeria

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  3. Me ha encantado, además suelo leer bastantes cuentos y te pido permiso para hacerlo.
    Participo en Absenta Poetas, vivo en España pero soy uruguaya, trabajo dando talleres a mujeres con problemática social y cada fin de taller es con un cuento, digo antes quien lo escribió y de donde es.
    Soy artista textil y trabajo con reciclaje te agregue a mi blog para que otra gente pueda leerte.
    Un abrazo y beso muy fuerte

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  4. Gracias, Reciclar-nos, por hacer circular Carta de Loco por donde el viento y tu mano la lleven.

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