viernes, 17 de febrero de 2012

Ana se fue

Leo tu nota y te imagino corriendo por la galería que está debajo de nuestro departamento. No te entiendo. No te entiendo que me dejés ahora, justo ahora. Te vas y yo sé que están ahí, guardados, todos ellos.  Eran tuyos, Ana. Vos los criaste, yo no quería. Los escucho golpear la puerta del ropero, como si supieran que te fuiste, como si quisieran que vuelvas. Seguramente esperan que les abras. Yo sé que los dejabas salir, y caminar por el comedor, vos no me lo contabas pero yo sé que caminaban por acá todos los días. Yo sé, Ana, que les traías arena húmeda para que jueguen. Te estoy diciendo esto mientras te imagino corriendo sobre la vereda del Casino. No sé si el apuro de tu ida te dejó escuchar el mar, yo sí lo escucho. Leo tu nota, esta nota que escribiste con tu letra que tiembla y recuerdo que fue idea tuya venirnos a vivir a Mar del Plata. ¿Te acordás, Ana? Es increíble que ahora me dejes porque no pudiste deshacerte de ellos. Toda la vida teníamos para solucionarlo. Podríamos haber pedido ayuda, Ana. Es cierto que no queríamos tener hijos. Nadie que nos atara a rutinas, ni a colegios, nuestro amor alcanzaba para estar juntos, sin tener horarios, ni orden. Teníamos todo lo que queríamos en este departamentito frente al mar. Vos quería esto, Ana…Dormir hasta tarde, almorzar cualquier cosa que hubiera en la heladera, un trozo de queso Por Salud, un huevo, leer, hacer el amor, no bañarnos si no teníamos ganas. Fui idea tuya, Ana, vos querías venir al mar para encontrarnos. Leo tu nota y no entiendo que ahora te hayas ido, no entiendo que me dejes en este departamento con todos ellos y la heladera vacía. Siempre me decís que se comían todo. ¿Y tu ropa, Ana? ¿La llevaste? Cómo voy a saberlo si no puedo abrir el ropero. ¿Te dejaron llevarte la ropa? Están golpeando las puertas cada vez más fuerte, como llamándote. Decime, a ver decime, ahora que estás corriendo con tus tacones por las veredas del Casino… ¿te llevaste o no la ropa? Tal vez ellos te dejaron sacarla, ya te conocían después de todo. Vos les dabas de comer, vos que no querías hijos para no tener la obligación de prepararles el almuerzo. Los dejabas jugar y les juntabas arena…A mi no me conocen, Ana…Leo tu nota y no sé si hoy les diste de comer a los cangrejos…¿Cuántos son? ¿Cuántos puede haber en el ropero? Aunque busque no hay nada en la heladera. Ahora que escucho las pinzas anaranjadas presionarse unas contra otras, subirse unos sobre otros mientras se chocan y se apilan…ahora que están rompiendo la madera del ropero con sus tenazas implacables, me doy cuenta que es casi el mediodía y no hay ni un trozo de comida para darles.




© Valeria Cecilia Pariso, 2008.-

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